Juan Francisco Valerio- La amable invitación recibida para asomar por aquí, una vez a la semana, llegó acompañada de una indicación bastante precisa. “Escoge un nombre para la ‘columna’”, me dijeron. Entre los problemas que van y los otros que llegan, sin que pudiera llegar a una respuesta satisfactoria para mí mismo –el lector tendrá aquí, siempre, la última palabra, pues me propongo conversar antes que dictar sentencias, dialogar antes que discutir con él–, vino a mi mente un texto formidable, leído hace muchos años, cuyo título conservo en la memoria: Manual del distraído.
Mucho me gustaría conservar igualmente fresco su contenido. Pero ni al caso. No sé si porque la memoria viene de la carne o, de seguro, porque algo tiene que ver con ella, pero el hecho es que a pesar de que el título de marras está vivo y fresco no ocurre lo mismo con su contenido –mis amigos literatos me recuerdan que se dice texto–, el cual aparece en retazos, como una especie de pesadumbre por no contar siquiera con el sabor de boca pues, tratándose de un texto, reclama su legítimo derecho a la relectura y de ninguna manera a que alguno se lo engulla. Eso de devorar libros, como que suena bien, pero prefiero que lo hagan otros.
Sin duda la memoria es débil; tanto que, a veces, solamente la necesidad es capaz de despertarnos el recuerdo. Es lamentable pero hay que admitirlo: decidido el título de la “columna”, no apareció mi texto. De la red, bendita y abominable a un tiempo, apareció, sin embargo, el Discurso de Ingreso al Colegio Nacional pronunciado por Rossi. Cualquiera pensaría, con semejante dato al canto, que Rossi debió ser un gran solemne si se hablaba de tú con tales personajes. Pero el supuesto no aplica y su Manual con creces lo confirma. El Discurso está ahí, y conviene leerlo. (http://www.colegionacional.org.mx/SACSCMS/XStatic/colegionacional/docs/espanol/06_-_alejandro_rossi__cartas_credenciales.pdf)
La vida, dice Rossi, el dueño de la patente que aquí, en recuerdo suyo se recoge como título, de repente nos regala cosas. Las que vienen de ella no podemos, claro es, planearlas. Él pensaba que gracias a ello, tal vez pudiéramos cargar la realidad que vivimos con un poco de esperanza, así sea solamente por la posibilidad de que lo imprevisto se atraviese en el camino. Conozco a muchas personas que no aceptan, siquiera, la idea de la esperanza; tal vez pudieran ser, o haber sido siempre, aliados del desconsuelo o la desesperación.
No era el caso de Rossi. Después de todo, reconozco que debe haber olvidos más graves que no saber dónde guardamos un libro ya leído, subrayado gracias a indeclinables manías y, como en el caso, plenamente disfrutado, a nivel del deleite, pues. Seguramente también existen muchos otros títulos y autores que merecen ser recuperados –o plagiados simulando que les ofrecemos un merecido homenaje–. Entonces, ¿por qué plagiar precisamente a Rossi, que sería todo, menos un Distraído? Puesto que he decidido personal y unilateralmente las razones, la explicación corre a mi cargo.
En tal empeño, sin embargo, me gustaría la compañía de los posibles lectores –esperanzados o no, distraídos o no– a fin de compartir la idea de que el supuesto implicado por Rossi –vivimos distraídos de lo principal– vale, en más de un sentido para todos nosotros y para más de una cosa, o de un caso. Miguel de Cervantes en el Quijote se propuso “componer” una obra apegada a la verdad, lo que era una clara invitación a tomar por ciertas las locuras de Don Quijote, así como la propia veracidad de quien solamente repite lo que oyó, como asegura el entrañable Manco, leyó en unos supuestos Anales de Castilla. Su propuesta equivale, también, a una invitación a conservar viva la memoria. Por eso relata la existencia de los “librillos de memoria” que, en su caso, perteneció a Cardenio, un enamorado de lo perdido, es decir, sin esperanza. Verdaderos “Manuales para Desmemoriados”, podríamos decir siguiendo a nuestro plagiado y ya indefenso, Alejandro Rossi.
La vida moderna nos va llenando la existencia de algunas cosas –muchas de ellas superfluas– y, con la misma fuerza, nos la vacía de muchas otras –casi todas trascendentes–. Nos agobia lo mismo la falta de trabajo que el ritmo de la faena –el eufemismo es lamentable, lo reconozco; trabajar con ritmo sería formidable pero, en realidad, el trabajo y todo aquello que lo rodea es frenético–, los problemas personales que se mezclan fatalmente con los colectivos, la saturación de información y espacios comunicativos que, contra su aparente propósito, confunden sin informar. Los unos y los otros, además de los que no se mencionan simplemente para no caer en la desesperanza, son problemas que incrementan la carga de trabajo sin acrecentar la calidad de la vida sino, cuando más, ayudan a seguir igual, con lo cual la idea de estabilidad suplanta la del progreso y, desde luego, señalan la posibilidad de que siempre podríamos estar peor.
Para muchos la vida ofrece tan poco que, permanecer en ella, se puede considerar un éxito o una anticipación del purgatorio. No es exagerado decir que estas generaciones, la última del siglo pasado y la primera del XXI, bien pudieran llamarse de los “ausentes”: privados de sí mismos, del control de su existencia, de la satisfacción de sus necesidades, de la idea de futuro. A diferencia de los modernos dispositivos, que van de los teléfonos móviles a los automóviles, los seres humanos llegamos sin manual al mundo. Seguramente de poco nos serviría para cambiar las cosas pero, tal vez, en algo ayudara para conservar, al menos, nuestra memoria y, como personas dueñas de razón, a poner nuestra atención en las cosas que nos afectan.
Al mundo le faltan muchas cosas: agua limpia y aire respirable, conservar antes que destruir los bosques, alimentos, calidad a la vida pública, funcionarios capaces, honestos y profesionales, buenos maestros y escuelas, salud pública eficiente, seguridad, respeto a las leyes, respeto a la dignidad humana y una justa distribución de la riqueza. Y le sobran muchas otras, sobre todo distractores y no precisamente distracciones, que hacen falta para el buen aprovechamiento del tempo libre. Vivimos en buena medida distraídos, sin atender las cosas que verdaderamente importan. Es por eso que tratamos de recuperar la idea del Manual del distraído.
No podemos ofrecer recetas, mucho menos decir que “sabemos” algo. No podremos, en consecuencia, ofrecer ningún Manual. Queremos, eso sí, pensar en los temas de la vida pública que normalmente descuidamos y someter esa reflexión a la consideración del lector para entablar un diálogo con él a fin de combatir el “vacío”, así se trate solamente del vacío de pensamiento y, en lo posible, del pensamiento vacío. Albert Camus escribió alguna vez que “El corazón humano tiene una enojosa tendencia a llamar destino solamente a lo que lo aplasta”. Conviene, entonces, no dejarnos aplastar por la desmemoria ni por la distracción. ¡Atención, entonces¡ En esta dirección, podemos caminar juntos.
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Siento al leer el contenido de este artículo como una invitacion a estar alerta y en recuerdo de si constante para saber lo que realmente nos beneficia o nos afecta en comun. Aun así me quedo corto en palabras y con una gran tarea para eflexionar su contenido.
Estimado y nunca bien ponderado Amigo Universitario, espero que haya mucho éxito en esta faena literaria y que nos deleites con tus excelentes aportes.
De antemano, espero leerte pronto.
Domingo Cervantes B.